domingo, 31 de mayo de 2015

Con quien hables, va bien. Cualquier cosa que yo pudiera sentir en este momento de debilidad, da igual. Mi ropa, mi cabello y mi cara. La manera en que tengo la barba desaliñada. Doy igual.

Mi dolor y la pena que me roba la calma cada día. Es exactamente lo mismo.
Todo los vanos poemas que corrijo, el color de la luz que hay en mi cuarto y en mi ropero. La pizarra con tu nombre. Y las cartas que a diario intento escribirte de una manera que, cuando las leas, la sensación de amor caiga fuertemente en tu alma, en tu corazón. Nada de mi funciona.

Puedo irme. Puedo morirme. Puedo abandonarme en el desierto y nunca regresar.
¿Algún día lo vas a notar?

No creo que leas esto y no quiero. Pero lo siento.
Mi corazón está enfermo.


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